sábado, 8 de julio de 2017




Virginidad Lo más valioso que perdí cuando dejé de ser virgen fue el asombro. Esa mirada extrañada por todo. Cada rueda. Cada luz. Podía estar horas rumiando un solo pensamiento. Aquel perro que bosteza en el escalón de la puerta. Sus ojos decían más de mí que de él. Cómo extraño esa mente, esa esperanza ciega, ese
barro. Trato de entender por qué no tenía miedo, de dónde me salía esa confianza absoluta. Era un bailarín desorientado, veía tanto cansancio en la gente, tanto revuelo y griterío avanzando hacia ninguna parte. En cambio yo me aferraba a esto; nunca nadie lo iba a conocer; era mío, mi enigma, mi cama, mi olor en la noche. Qué libre que era ahí sentado con la gramática silbando como una pava desesperada de papel en el infierno de los mudos. Cada instante se alejaba hacia el pozo sin fondo de la hora y desde ahí aullaba como un viento, como un pobre bicho empapado por la lluvia. A tal punto que me podía mezclar con los muertos y el aire a mi alrededor se volvía una broma impune. Yo creía que no podía durar demasiado. No podía ser posible. Pero un cuchillazo abría la broma en dos y me mostraba sus costuras. Entonces emergía Dios, o una de las formas de Dios; el mismo que fui antes de ser dado a luz y chocar con la intemperie. Veía su cara abierta en la penumbra; se parecía a las manchas pálidas que flotan dibujando peces en el revés de los párpados. Yo creía tantas cosas pero una vez que se está ahí se pierde toda esperanza. Él sabía cuál era mi destino, cómo no iba a saberlo, mi vida estuvo escrita en la palma de su mano mucho antes que mi nombre, que mis huesos, que mi ubicación en la pirámide de clases. Y recuerdo como si lo estuviera viendo ahora que no tuvo ninguna piedad al momento de hacerme
saber: no, esto no se acaba nunca.








martes, 6 de junio de 2017




Un lugar más compasivo






Estas semanas de malaria me puse a releer “Cien años de soledad” después de bastante tiempo sin tocarla. La habré leído por primera vez hará unos diez años, y desde ese momento volví a agarrarla para releerla entera o paladear parrafadas al azar más que nada en circunstancias personales deplorables, como si esa cosa ahí en mi biblioteca fuera un placebo para curarme de todo y contra todo, 

Pero esta vez la agarré con los tapones de punta. Así anda todo desde que te fuiste. Tan oscuro estaba que a los cinco minutos ya le había encontrado comas a contrasentido de la respiración por todas partes e incluso adjetivos repetidos hasta tres veces en el espacio de dos páginas: Asombrosa. Asombrosa. Asombrosa

García Márquez publicaría “Cien años…” dos después de empezar a escribirla, tras tortuosas correcciones de carpintería que, o bien encontraron irrelevante la asombrosa repetición, o bien no la encontraron. Disyuntiva que no va en perjuicio del hecho de que a las dos páginas ya me importaba un carajo. Porque poco a poco cedí. Como si fuera birra su prosa, enseguida empezó a cambiarme el estado de ánimo. Cuando los muchachos de Macondo salen a buscar la ruta de los grandes inventos y no la encuentran, y el mundo "se volvió triste para siempre”, yo ya estaba embrujado, indefenso, absorbido por el tuntún marino de su pulso tropical. Uno se sube a la balsa de Gabriel García Márquez y entra a una dimensión más triste, más solitaria, pero más compasiva que la de la realidad.

Y si bien la primera intuición es que la novela conecta más allá de su época y más allá también de su lengua, tampoco deja de ser cierto que solamente pudo escribirse en esa época (empujada por la respiración de nadador de Faulkner y las visiones áridas de Rulfo) y en esa lengua (en el asentamiento del ecosistema intelectual latinoamericano, que solamente entonces, con él, con Borges, supo bajar a tierra las florituras ibéricas, recortarlas, domesticarlas; en su caso, con el encanto natural de su tonalidad vernácula: alcanza con escuchar hablar a cualquier colombiano; alcanza con escuchar sus cumbias, sus vallenatos; no hay nada más literariamente violento que el encanto de un acento, que la cadencia de una música internalizada en la sangre).

Y de tal manera me magnetizó “Cien años...” cuando la leí por primera vez que después de terminarla (como nunca me había pasado antes, como más adelante solo me pasaría con muy pocos) empecé a leer todo lo que había publicado el tipo con una especie de gula homo erótica que me llevó a conocer con la pasión de un amante a fondo, si no a él, su obra.

Y uno a estas alturas podría preguntarse: ¿“Si no a él”? ¿A qué viene ese inciso? ¿Desde cuándo lo que un tipo escribe “es” el tipo que escribe?

La verdad es que durante algún tiempo estuve confundido en lo concerniente a este punto, y la culpa sin ningún lugar a dudas la tiene “Vivir para contarla”.

En la impresionante autobiografía del escritor cataquero, se desliza que la sustancia dramática de sus libros siempre estuvo imbuida del contexto en que los fraguó. Es decir, directa o lateralmente el tipo escribía sublimando lo que pasaba a su alrededor mientras escribía.

Ejemplo 1): “El coronel no tiene quien le escriba”. Mientras narra la miseria de un militar retirado que se muere de hambre esperando una pensión estatal que nunca habría de llegar, García Márquez es un veintiañero sin un peso en los bolsillos viviendo del aire en una caja de zapatos ubicada en el séptimo piso de un edificio sin ascensor en París. Tal como le pasa al coronel en su novela, él también espera una carta que nunca llegaría: la de los amigos a los que les escribe en busca de ayuda para poder ir a la mañana a comprar el pan.

Ejemplo 2): “Cien años de soledad”. Más allá de sus elementos sobrenaturales, del rubro de lo maravilloso, en "Cien años..." siempre es posible leer entre líneas alusiones al propio proceso de producción del texto (probablemente el rasgo más distintivo del género): “Cuando [José Arcadio Buendía] se hizo experto en el uso y manejo de sus instrumentos, tuvo una noción del espacio que le permitió navegar por mares incógnitos, visitar territorios deshabitados y trabar relación con seres espléndidos, sin necesidad de abandonar su gabinete”.

¿Quién es el que adquiere experticia en el uso y manejo de sus instrumentos, trabando relación con seres espléndidos, encerrado en un gabinete? ¿Qué hacen José Arcadio Buendía y Aureliano Buendía y Úrsula Iguarán con sus obsesiones respectivas y solitarias de “hacer y deshacer” sino replicar las del propio autor, encerrado en su oficina de México, dándole matraca a la escritura?

García Márquez asegura haber tenido la novela entera en su cabeza antes de empezar a escribirla. No hay motivos para no creerle. Sobre todo cuando cuenta que se deshizo de los folios del original (a pesar de ser muy consciente del potencial valor que en el futuro podrían tener) únicamente para que no quedaran expuestas las costuras de su genética.

Sin embargo, da la sensación de que la novela no es el resultado de un plan, sino que avanza empujada por lo que al escritor le pasaba en el día a día. Hay una escena elocuente en este sentido. Llueve desde hace meses, Aureliano Segundo no se mueve de la casa y Fernanda, su mujer, empieza a impacientarse: ya no tienen con qué llenar la olla.

Esta situación reproduce el contexto mismo de escritura de “Cien años de soledad”: para enfrascarse en su proyecto García Márquez había renunciado a un trabajo bien remunerado y estable en una agencia de publicidad y durante el lapso que duró la aventura fue Mercedes Barcha, su mujer, la encargada de sostener la casa.

Esta dualidad (hombre abstraído/mujer activa) se respira en toda la novela. Mientras José Arcadio se emperra hasta el delirio en sus proyectos siempre frustrados, es Úrsula la que asume el peso de los asuntos prácticos. La que brega por mantener a flote la economía doméstica y la crianza de los hijos. El propio García Márquez reconoce apenas haber frecuentado a sus hijos durante esos dieciocho meses de intenso onanismo intelectual, al punto de que uno puede imaginárselo encerrado en su estudio tal como José Arcadio se encerraba en su laboratorio de alquimia mientras del otro lado de la puerta no podía notar el crecimiento de sus hijos.

La dualidad vuelve a repetirse en las figuras de Aureliano Segundo y Fernanda, la cachaca con ínfulas de aristocrática que en un momento explota frente a la pasividad de su esposo y empieza a gritar que, “por supuesto, mientras ya no quedaban más que piedras para comer, su marido se sentaba como un sultán de Persia a contemplar la lluvia, porque no era más que eso, un mampolón, un mantenido, un bueno para nada, más flojo que el algodón de borla, acostumbrado a vivir de las mujeres”.

Aureliano Segundo destroza todo antes de salir de la casa y, sin que jamás se nos explique cómo hace en términos materiales para conseguirlo, vuelve pocas horas después con unos “tiesos colgajos de carne salada, varios sacos de arroz y maíz con gorgojo, y unos desmirriados racimos de plátanos” destinados a alimentar a la familia.

La explicación de tal prodigio, faltante en la ficción, en la vida real existe: el escritor salió de su casa del Distrito Federal mexicano y empeñó su auto.

Ejemplo 3): Blacamán el bueno vendedor de milagros. Quizás el más bello de los relatos que el colombiano haya escrito. Aunque no se refiera a él en su autobiografía (como sí se refiere, por ejemplo, a los cuentos que escribió en su más temprana juventud, a los que no duda en calificar como una “mierda”), se trata de un texto que ejemplifica de manera prepotente, probablemente desleal, la relación “contexto de escritura = escritura” que se desprende de su mística personal de la composición.

En primera instancia, es el único relato suyo en que un narrador (con la salvedad de "Memoria de mis putas tristes", muy pero muy posterior en el tiempo, cuando García Márquez ya andaba casi por los ochenta) se asume a sí mismo como artista.

"La verdad es que yo no gano nada con ser santo después de muerto, yo lo que soy es un artista, y lo único que quiero es estar vivo para seguir a pura de flor de burro con este carricoche de seis cilindros [...], durmiendo sin despertador, bailando con las reinas de la belleza y dejándolas como alucinadas con mi retórica de diccionario".

Teniendo en cuenta el hecho de que hasta el momento solamente se trataba de un texto de raigambre política (filtrado por “las astucias de la poesía"), narrado en primera persona por un “bobo”, este párrafo de autoafirmación parece caído del catre. Es lo que podría denominarse un lapsus, una incursión fugaz del ego del autor empírico.

El “lapsus” solamente cobra sentido en relación con el momento de publicación del cuento (parte del volumen “La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y de su abuela desalmada”). Gabriel García Márquez, después de varios años de vivir de prestado, acaba de publicar “Cien años de soledad”. Su novela estalla. Es un éxito inmediato, internacional y rotundo. El mundo entero reconoce su genio. El muchacho de Aracataca lo acaba de conseguir. Ahora, bendecido por los dividendos de su éxito, duerme sin despertador; venerado más allá de su tierra, baila con las reinas de la belleza; sólido en su lengua, las alucina con su retórica de diccionario.

Tal es la euforia que no le importa la crítica.

“Al principio me perseguía un congreso de sabios para investigar la legalidad de mi industria, y cuando estuvieron convencidos [...] me recomendaron una vida en penitencia para que llegara a ser santo”.

Pero él no quiere ser santo, tampoco político; no quiere que lo caguen las golondrinas como a los bustos de mármol ecuestre de los padres de la patria.

Blacaman solamente procura vender milagros.


**

“De una altanería insoportable”: así describe Gabriel García Márquez en su autobiografía al pibe que él mismo fue en su juventud. Imagen que queda solapada por lo que es la coherencia estética de su obra, donde apenas en Blacaman… y en “Memoria de mis putas tristes” pueden presentirse entumecidos por la marea de su poesía los resignados manotazos de su ego.

Nadie duda de que la medida de cada persona está dada por lo que elige, y en este punto García Márquez supo explicitar con humildad y franqueza los padres artísticos que eligió, ambos acordes a su naturaleza colombiana de narrador inagotable: Faulkner y Hemingway. Los orfebres de estilos contrapuestos que lo guiaron más que nadie en el arte de contar historias.

En un texto hermoso que prologa un libro de cuentos de Hemingway dice que a Faulkner no se lo puede descifrar; en cuanto uno busca destripar su maquinaria narrativa descubre que al aparato le saltan los tornillos por todas partes y es imposible rearmarlo de nuevo; mientras que el otro expone sus rudimentos con una claridad esencial: “Tal vez por eso Faulkner es un escritor que tuvo mucho que ver con mi alma, pero Hemingway es el que más ha tenido que ver con mi oficio”.

Pese al acento siempre sencillo y generoso de su tono, es precisamente en este tipo de textos, dedicados a teorizar sobre los mecanismos de la escritura, donde más García Márquez deja aflorar su altanería juvenil. Ver a un escritor de peso tirarle tierra a otro escritor de peso puede ser vivificante, incluso enriquecedor; pero sus palos son ya demasiado flagrantes: después de arrodillarse con veneración ante Hemingway, le escupe el zapato (“a sus novelas les sobran demasiadas cosas”); mismo hace con Borges (“tiene los mismos límites”), dando por sentado en ellos los defectos de los que a sus ojos carece él.

Daniel Link trabajó y transmitió en Puán un concepto precioso que antes trabajó y transmitió Foucault: el de “archivo”. Esto es, todo lo que es condición de posibilidad de un discurso, pero que sin embargo no forma parte de él.

Después de publicar “Cien años de soledad”, después de publicar el libro de cuentos del que forma parte Blacaman el bueno vendedor de milagros, García Márquez quiso cambiar. Quiso, en sus propios términos, no repetirse a sí mismo. No hay nada más saludable. Se trata, como señala Fabián Casas, de un signo de coraje y honestidad intelectuales: el de “luchar contra la propia habilidad”.

Sin embargo los críticos se vieron gravemente defraudados cuando leyeron “El otoño del patriarca”. Esperaban algo parecido a su celebérrima novela y lo que se encontraron fue ese ladrillo; el espasmo de una prosa joyceana, sintácticamente llena de “ramificaciones y de dudas en los puntos de vista espacial, temporal y de nivel de realidad”, directamente desprendida de algunos de los experimentos del libro de cuentos que lo precedía, pero en este caso dentro de una sola narración de largo, larguísimo aliento.

Su ego, acostumbrado a bailar con las reinas de la belleza, no lo asimiló, y en el mismo texto en que venera y deshuesa por igual a Hemingway escribe:

“Cuando el libro se publicó, en 1950, la crítica fue feroz. Porque no fue certera. Hemingway se sintió herido donde más le dolía, y se defendió desde La Habana con un telegrama pasional que no pareció digno de un autor de su tamaño. No solo era su mejor novela, sino también la más suya, pues había sido escrita en los albores de un otoño incierto” (el remarcado es nuestro).

Leer entre líneas las condiciones de posibilidad de un discurso, las circunstancias en el que se emitió (¿en qué silla escribió García Márquez “Cien años de soledad”? ¿En qué escritorio? ¿En qué máquina? ¿Escuchando qué, viendo qué? ¿Zurdo, derecho? ¿De qué clase era? ¿La ponía? ¿Amaba? ¿Lo amaban?), es un vicio que se me despierta cada vez que leo a un escritor que me trastorna. Me sentí incómodo con eso durante algún tiempo. Después me di cuenta de que está en mí. Soy un chismoso de mierda. Lo único que me empuja a leer es meterme en la cabeza de otro, visualizar las escenas íntimas que narra, acceder a esa privacidad. Poder dispersarme de mí.

Por lo general cuando más leo es cuando estoy solo.




jueves, 25 de mayo de 2017

el loco del sexto




En mi edificio hay un loco que todos los días a las diez de la noche se pone a gritar. Uno está cenando o haciendo la sobremesa tranquilo, y de repente, sin aviso, el silencio estalla. El loco grita hasta quedarse sin aire, con la garganta en carne viva, como si lo estuvieran matando. Uno entonces tiene que cerrar las ventanas, las puertas, bajar las persianas, subir al mango el volumen de la tele; pero los alaridos igual traspasan las paredes. Gritará siempre entre cinco y diez minutos; es como una alarma de incendio que cada día a la misma hora se activa para todos los vecinos por igual.

Cuando vine a ver el departamento los de la inmobiliaria no me dijeron una palabra del asunto. Los primeros días los puteé fuerte mientras me encerraba en la pieza para escaparme de la histeria del loco y en el delirio de mi bronca hasta pensé en pedirles algún tipo de compensación. Pero resulta que no existe ningún inciso legal que obligue al locador a explicitar: “El propietario de la unidad C del piso sexto padece de esquizofrenia paranoide, lo que lo impele a efectuar ruidos molestos a partir de las 10 pm”. 

Así que tuve que acostumbrarme a ese inconveniente como a un desperfecto más del edificio.  

Pero del resto no podía decir nada. El departamento era viejo pero sólido, agradable; el alquiler relativamente barato, mismo las expensas, y la administración, toda una rareza, laburaba bien. Según me enteré más tarde, en su momento el asunto del loco fue tema de debate en el consorcio. Pero al final la mayoría se compadeció. Pusieron en la balanza todo lo que el tipo había sufrido y por votación terminaron descartando las medidas drásticas (algunas al borde de la ilegalidad) que en sucesivas reuniones fueron proponiendo distintos propietarios.

La primera vez que escuché los gritos me pegué un susto fiero. Estaba mirando un partido de fútbol cuando de la nada explotó ese torrente desquiciado y fui corriendo a la ventana para ver qué pasaba, Los aullidos venían de arriba (yo estaba en el tercero), y eran claramente los gritos de un hombre; roncos, guturales; un puro lamento animal que no decía nada. Pero de a rachas los alaridos se agudizaban y parecían los de una mujer; llegaban a un clímax de desesperación tal que por contagio también se desesperaba uno. Extrañado porque en el edificio no se movía nadie, salí al pasillo y llamé al vecino del “F”, el único que me había cruzado ese día. El tipo salió demasiado tranquilo, como si no escuchara el desastre que bajaba por las escaleras. 

Pero lo escuchaba. 

Es el loco del sexto, me explicó bostezando. Todos los días a esta hora se pone a gritar.

En dos minutos trató de contarme la historia de ese tipo, cómo era que había quedado así de rayado, pero se me hizo difícil seguirlo; interrumpía las oraciones a la mitad y después las completaba con la mitad de otras que nunca había empezado. Cuando sentí la baranda a porro que salía de adentro de la casa entendí por qué.

Ahora se le pasa, me palmeó el hombro al final. Vos quedate tranquilo.

Al mes, mes y medio de haberme mudado, lo vi. Era de noche; yo estaba charlando con el portero en la vereda cuando una sombra escuálida dobló la esquina. Se acercaba a nosotros despacio, apareciendo y desapareciendo como un espejismo según se metía o salía de los conos de luz que los postes soltaban en la vereda. El portero entonces me codeó: 

Ahí está. 

¿Quién? 

Él me miró con los ojos apretados, como si no hubiera entendido la pregunta. 

Entonces me acordé de que la semana anterior habíamos estado charlando un rato largo del pirado del sexto, y empecé a mirar con otros ojos la sombra que se acercaba. Cuando estuvo enfrente nuestro y lo alumbró la luz del zaguán, vi que debía andar por mi edad; treinta, treinta y cinco años. Rubio, flaquísimo, casi chupado; la cabeza era un cráneo sin carne, apenas cubierta por la piel. Tenía ojeras grandes y violáceas como la marca de dos trompadas. Entró al edificio sin saludar ni mirarnos, y yo esperé a que se fuera por el ascensor para comentarle al portero: 

No parece que estuviera loco. 

Y de hecho parecía un laburante cualquiera, de vaquero y camisa, volviendo a la casa cansado después de una larga jornada de trabajo. El portero levantó las cejas, mirándome con incomodidad. Después se pasó una mano por la boca.

La hermana le paga todo, dijo. Los servicios. La limpieza. La comida. No me extrañaría que también lo bañe.

Esa noche tuve una pesadilla y yo, que nunca me acuerdo de lo que sueño, al otro día la tenía fresca como una película. El loco me tocaba el timbre y me pedía una llave francesa. No tengo, le decía yo. ¿Y una pinza? Pinza sí, ahora te traigo. Pero yo no llegaba a irme que el tipo de repente avanzaba un paso, metiéndose en la casa, y señalaba un punto en el comedor con la boca bien abierta. ¿Vos prendiste la estufa? Entonces yo me daba vuelta y ahí, echada en el sillón, estaba mi vieja, con la bata del hospital, durmiendo a un costado de la estufa. ¿La prendiste vos?, volvía a preguntarme el tipo. No me daba a tiempo a contestar. De golpe me tiraba al piso, me cazaba del cuello y empezaba a gritarme en la cara. Tenía los ojos rojísimos. Los dientes marrones y torcidos. Su saliva me salpicaba.

            Fue un sueño de mierda.

        Por suerte ya me lo había olvidado cuando me lo volví a cruzar. Fue hará unas dos semanas, Las puertas del ascensor se abrieron y ahí estaba él. Buenas noches, le dije. El loco, apoyado contra uno de los espejos, no contestó. Me apoyé en el espejo de enfrente. El olor de su transpiración rancia, mezclada con desodorante, flotaba en la atmósfera cerrada como un vapor. En un momento levanté los ojos y pude ver mi cara, reflejada atrás de la suya, multiplicada al infinito en las mamushkas de vidrio de los dos espejos enfrentados. 

El tipo no movió un pelo hasta que estuvimos en planta baja. Salimos a la calle, él se fue para un lado, yo para el otro, y no tendría mucho más que decir si no fuera porque mientras caminaba al kiosco una nube negra de angustia me empezó a nublar el humor. Una angustia sin motivo, pero pesada, física. No me podía dar cuenta de dónde me venía esa incomodidad hasta que ya en casa, después de cambiarme, reconocí el olor a chivo del loco. Estaba pegado a mi ropa, a mis manos, a mi nariz. Me bañé. Me eché perfume. Pero nada. Era como si el olor se me hubiera metido en la cabeza. No me lo podía sacar de encima.

Y desde esa tarde, desde ese encuentro (ya no sé si fue hace dos semanas o dos días) no puedo dormir. Literalmente no puedo. Me acuesto temprano, antes de escucharlo gritar al loco, y me quedo dando vueltas en la oscuridad como hasta la una. A esa hora prendo la notebook, resignado, y me pongo a mirar escenas de películas o documentales al azar, o a leer noticias viejas de política o de personajes de la farándula. La nostalgia me abruma. Probé de todo ya; estas últimas noches descubrí unos videos de relajación en Youtube, lluvias monótonas como de quince horas o filmaciones caseras de chicas que te hablan con susurros para que te duermas. Nada sirve. Trato de encontrarle una explicación a todo esto y no puedo evitar acordarme del encuentro con el loco en el ascensor: cada vez estoy más convencido de que el tipo con su olor me trasladó su veneno. Otra cosa no se me ocurre. Cada mañana, cuando se encienden los botones de luz en la persiana y me toca levantarme para ir a trabajar, siento que esta no es mi vida, que yo no soy yo; me asusta estar perdiendo la cabeza. Tengo la sensación constante de que hay algo que se me escapa, y cuando por fin me puedo concentrar me viene a la mente de nuevo ese tipo.  

Si solamente pudiera dormir. Me siento tenso, muy tenso. Cargado de una electricidad hambrienta que no sé adónde me lleva. Esta noche, cuando vuelvo a casa, ceno más pesado que de costumbre. Quizás el esfuerzo de la digestión me provoque el sueño. Un último intento desesperado. 

Mientras espero a que baje la comida me pongo a lavar los platos. Es notable la desidia de esta semana: hay una pila mugrienta de cubiertos, platos, ollas y vasos manchados de grasa. Y estoy en eso, refregando fuerte con la esponja, cuando el tipo arranca de nuevo. 

Tengo la cabeza tan volada que no lo veo venir; la ventana está abierta y del susto se me resbala un plato. Cae al piso. Se astilla. Los pedazos saltan por todas partes. Mientras los junto de rodillas, estirando un brazo para alcanzar los pedazos que fueron a parar abajo de la mesada, con los aullidos de ese enfermo rebotando por toda la casa, comparo los buenos tiempos con este presente de mierda.

En los buenos tiempos, los buenos de verdad, yo la tenía a mi mujer y también la tenía a mi vieja. Fue hace poco, menos de un año, pero ahora siento que pasó hace siglos, en otra vida, o que le pasó a otra persona distinta. 

La debacle empezó en el verano. Mi vieja empezó a olvidarse los nombres de las cosas. Una noche se cayó de la cama. Fractura de cadera. Alzheimer, diagnosticaron en el hospital. Desconfié de los médicos hasta la tarde en que fui a visitarla y no me reconoció. Entonces algo se quebró adentro mío. De golpe yo también dejé de reconocerme. Empecé a sentir rechazo hacia mi mujer. Me puse a buscar departamento y cuando encontré esta tapera, lejos de ella, lejos también de mi vieja, agarré mis cosas y la dejé.  

El lunes en que me dieron las llaves, cuando empujé la puerta de esta casa, sentí como si mi vida se partiera en dos: apenas entrara, el pasado iba a quedar atrás, y lo que me esperaba del otro iba a ser el camino hacia un futuro más despejado y limpio.

Pero no tenía forma de preverlo. Uno se aleja buscando silencio, calma, paz interior, y lo que al final se termina encontrando es el cinismo de este llorón que se caga en todo el mundo, que grita como una nena mientras uno lo único que quiere es una noche, por lo menos una sola, lavar los platos tranquilo.

Mientras levanto el plato roto del piso el tipo no para. Sigue y sigue gritando. Grita tan fuerte que parece que estuviera acá. Es un dolor de huevos. Te revuelve el estómago.

Al final le tiro una patada a la mesa y salgo. Dejo los pedazos desparramados. Ya está. Cruzo el pasillo y subo al ascensor. Aprieto el botón del sexto.

Las puertas se abren. Es la primera vez que estoy en el piso del loco. A simple vista es igual al tercero, pero cuando prendo la luz veo las manchas gruesas de humedad en las paredes del pasillo. El foco pelado colgado de un cable.

Hay olor a frito.

La puerta del departamento “C”, como aislada en el tiempo, está impecable. Parece como si la acabaran de pintar esta mañana. A cada paso que doy acercándome el volumen de los gritos aumenta. Son como los sollozos histéricos de una madre borracha, como los rugidos de una leona desgraciada enfrente del cadáver del hijo. Son una cosa toda hecha de sangre y baba que te congela los huesos.

Pero cuando llego a la puerta no dudo un segundo. Toco el timbre. Lo toco varias veces, timbrazos largos, sostenidos, que levantarían de la irritación a un muerto. Pero en ningún momento el griterío ahí adentro se interrumpe o vacila; es como si el loco estuviera poseído, como si no pudiera escuchar nada.

Recién a los pocos minutos se calla, como todas las noches, vencido por una decisión misteriosa que ninguno de nosotros conoce. Entonces vuelvo a llamar. Hijo de puta, digo en voz baja. Después levanto la voz: Salí. Empiezo a golpearle la puerta al mismo tiempo que le toco el timbre. Pero el tipo no abre. Del otro lado todo silencio.

Al final el que sale es un vecino. Prende la luz.

¿Javi?, dice. ¿Todo bien?

Me sorprende que sepa mi nombre. Más todavía me aturde el diminutivo. Es un cincuentón grandote, canoso, al que estoy seguro de no haber visto nunca. Tiene puesta una musculosa sucia. Tiene una verruga con dos o tres cardos, expuestos a la luz del foco, en el mentón. Trato de pensar si hablamos alguna vez o si alguien nos presentó. Pero no puedo ubicarlo.

Se acerca unos pasos.

¿Qué andás haciendo acá?

No me gusta su tono. No me gusta para nada.

No lo soporto más.

Con los hombros duros se lo repito: No lo soporto más. El cincuentón desvía los ojos y mira la puerta del “C”. Después vuelve a mirarme. ¿Pero qué es lo que querés? Yo no termino de entender el sentido de su pregunta. Levanto la voz: Este quilombo. Perdoname, pero no tengo por qué bancarme este quilombo. 

El cincuentón asiente. Se rasca con el índice el espacio entre las cejas. Está bien. Te entiendo. Todos te entendemos. Pero son cinco minutos, nada más. Nosotros ya aprendimos a tolerarlo. 

Yo empiezo a negar con la cabeza antes de que él termine de hablar. 

Ojalá fueran cinco minutos, digo. Ojalá. 

Él entonces me mira raro. Desde que dejé de dormir, siento que todos me miran igual. Por un segundo toda la bronca que me despierta el loco se vuelca en este tipo. En esa verruga asquerosa.

Me doy vuelta. Encaro para el ascensor. El cincuentón de repente sonríe.

Pibe, ¿adónde vas?

¿Qué mierda te importa?, pienso. Pero digo:

A mi casa.

¿A tu casa?

Cuando me doy vuelta para mirarlo, él baja los ojos.

Bueno, dale, dice al final. Buenas noches.

Acaban de llamar al ascensor desde el noveno, por lo que veo en el tablero, así que apenas el cincuentón se mete en la casa pego media vuelta y bajo por las escaleras.

Me doy cuenta de que algo anda mal cuando después de bajar los tres pisos que me separan de casa me encuentro de nuevo en el sexto. Por lo menos cuando enciendo la luz veo el seis dibujado enfrente de la puerta del pasillo. Las paredes alrededor llenas de manchas de humedad.

La falta de sueño, pienso. Me pasó esta mañana en el laburo; desde hace días veo cosas que no son, siempre me siento al borde de que se me caigan los ojos. Por eso sigo de largo y cuando compruebo que la llave encaja perfecto en la cerradura respiro tranquilo.

Ahora, cuando voy a la cocina para limpiar el enchastre que antes de salir dejé en el piso, me empiezo a preocupar de verdad: no hay ningún plato roto. No hay pedazos desparramados por ningún lado. Y no solamente eso: los platos sucios siguen ahí, intactos, formando un pilón de mugre en la pileta, cuando yo estoy completamente seguro de haber estado lavándolos un rato largo antes de que el loco empezara a gritar.

Me acerco a la ventana de la cocina y asomo la cabeza. Veo el pulmón del edificio; allá, en lo hondo, el patio. Parece más alejado, más profundo que de costumbre. Entonces cuento las ventanas apiladas en la torre de enfrente, subiendo de abajo hacia arriba hasta la ventana que coincide con la mía. 

Cierro los ojos. Vuelvo a contar.

Son seis. Seis ventanas.

Seis pisos.

¿Qué carajo está pasando?

Estoy por salir de nuevo del departamento, ya tengo el picaporte de la puerta en la mano, cuando por un segundo miro para atrás y veo el inmenso reloj de madera colgado en la pared del comedor. Me quedo duro. Es un reloj italiano antiguo con incrustaciones de hierro que al principio fue de mis abuelos, después de mi vieja, y ahora está acá. La aguja del segundo avanza implacable y mientras la miro noto aturdido que están a punto de ser las diez. Las diez de la noche de nuevo. Como recién, como ayer, como antes de ayer; como cada instante desde que no puedo dormir. Entonces la puerta se abre con un golpe y veo entrar al loco del sexto, las ventanas están cerradas, hay olor a gas; mi vieja está echada en el mismo sillón donde la dejo cada mañana, antes de ir a trabajar, durmiendo con la bata del hospital, El loco se le tira encima. La aguja sigue avanzando. No se frena nunca. Y, cuando por fin se hacen las diez, mi cabeza se parte y escucho el grito, resbalando sobre mi lengua; la cascada temblorosa que vomita mi ser.









domingo, 21 de mayo de 2017




                                               Esperar un gol






Cuando faltaban un par de meses para que arrancara el mundial de Brasil Mariel me dejó. Fue mi culpa. Había seguido a mi deseo con los ojos vendados, sin importarme la pared de ladrillos que me esperaba del otro lado. Y durante varios días me quedé rumiando en la penumbra hasta que descubrí un dato de color que me sirvió de placebo: casualmente o no, para los mundiales de Alemania y Sudáfrica también me había separado (en 2006 de Laura; en 2010 de Silvina). Dos rupturas que a la larga, más allá del despelote inicial, terminaron siendo para bien. Era como si inconscientemente yo hubiera tentado esas separaciones antes de que llegara el mundial para durante un mes hacer el duelo mirando fútbol. Con amigos o solo en mi pieza, la cuestión era llenarme la cabeza de fútbol, fútbol, fútbol; no pensar, sumergido en la brea de contemplar lo que no dependía de mí, tomando alcohol hasta estallar.  

Intentaba llevarlo para ese lado, sí; pero ahora con Mariel las cosas eran distintas. Yo ya no era el pendejo que había sido. Acababa de cumplir los treinta y Mariel y yo estábamos conviviendo. Así que la separación me pegó en varios puntos a la vez: cuando junio arrancó, no solamente no sabía dónde estaba parado en un plano emocional, sino también me había endeudado hasta las pelotas. Debía varias cuotas de expensas, cable, luz y celular. Me subí a la bicicleta financiera de recargar mes a mes la tarjeta y empecé a devorar mis ahorros de los últimos años. Pensaba tanto en la guita que ya no podía pensar en cómo me sentía.

—Tano asqueroso —me terminó diciendo un pibe cuando le hablé del asunto—. Los ahorros son para gastarlos.  

Y fue así como, embobado por el mundial, yo me agarré tanto de esas palabras que el viernes 20 de junio de 2014, un día antes de que la selección jugara contra Irán, mensajeé a un pibe metido en el submundo de las apuestas de la Web y le dije que me apostara 100 dólares (los últimos que me quedaban en la cuenta) a que ganaba Argentina. El premio era escueto pero seguro: 20 dólares. Casi trescientos pesos (a esas alturas más que nobles) que me caían regalados del cielo. Si la selección perdía o empataba perdía mi colchón. Pero el rival era ese.

Irán.

A la selección, con todos los cracks que tenía, no le quedaba otra que comérselo. Yo había visto en vivo jugar a esos pibes. Apenas un año atrás, mi viejo nos había invitado a mí y a mis hermanos a ver Argentina contra Ecuador por las eliminatorias. El monumental, inflado por la corriente fresca del Río de la Plata, era una heladera. De repente el equipo salió a precalentar y vimos a pocos metros a los mismos tipos que tantas veces habíamos visto por televisión jugando en Europa.

La pulga. Di María. Agüero. Mascherano. El Pipa Higuaín. Ahora, sin pantallas de por medio, solamente nos separaba el aire. Eran petisos y desgarbados; parecían muñequitos de cotillón antes que los atletas de elite, admirados en todo el mundo, que la tele decía que eran. Más todavía cuando sonaron los himnos, con los equipos parados en una sola hilera, y uno se los ponía a comparar; de un lado, los negros hiperbólicos, hinchados y pétreos de la selección ecuatoriana; del otro, los mínimos sietemesinos de la selección local.

Hasta que el partido arrancó. Entonces la física se volvió otra cosa. Nunca más en mi vida iba a volver a ver algo así. Entendí por qué le dicen “Fideo” a Di María; no solo por su escuálida contextura de tallarín, sino también por la plasticidad de sus piernas, que se deslizaban blandas por el pasto, pero propulsadas a la vez por una inteligencia eléctrica que sabía más que él y que le metieron un pase sacrílego entre líneas al Kun Agüero intuyendo su movimiento hacia el centro del área antes de que nosotros nos empezáramos a preguntar cómo carajo había hecho para verlo. Entendí por qué Messi era Messi, elegido a esas alturas cuatro veces consecutivas el mejor jugador del planeta, cuando levantó un pase de Gago en mitad de la cancha y por espacio de unos treinta metros se largó a correr como loco, la pelota pegada al pie como si fuera uno más de sus huesos, soportando los topetazos ecuatorianos y la propia presión del aire hasta que en las inmediaciones del área se la cedió a Higuaín con un toque preciso al espacio y el Pipa, a la carrera, sin interrumpir la inercia de la jugada, la acomodó para dejarla correr unos metros y después darle duro a contrapié del arquero.

Argentina esa noche terminó ganando 4 a 0.

La sucesión de victorias como esa, en las que Argentina se daba el gusto de apabullar a media máquina, casi sin esforzarse, a rivales que en los años recientes siempre le habían resultado incómodos, me dio la pauta de que para el mundial de Brasil teníamos chances más que serias de romper la malaria.

Ya en la gran cita, sin embargo, el debut contra Bosnia me había dejado un regusto ambiguo. Messi, pese a la euforia tribal de la multitud de los hinchas argentinos revueltos en el Maracaná, había arrancado tierno, dubitativo, con más nervios que ganas. Como aplastado por las patas del elefante de las más de cuarenta millones de almas que habíamos volcado en él todas nuestras penurias cotidianas. Pero cuando en el segundo tiempo el tipo se rehízo e hizo ese golazo pegado al palo, cuando lo vi gritar en cámara lenta, las venas salientes, chorreando baba, mostrando al mundo la casaca vernácula, me empecé a sentir más calmado.

Argentina no había jugado bien, pero Messi se había desvirgado de la sequía edípica del mundial de Sudáfrica y ahora venía Irán. Irán: me sonaba a guerra. A cabras. A directores de cine. Un amigo recuperado de la rula siempre comentaba por Whatsapp lo que pagaba Argentina. 

Al borde del abismo que durante esos meses era mi vida le escribí:

—Voy con cien dólares.

Vi el partido en lo de Mauro, en Loma Hermosa, en el mismo comedor, en el mismo sillón y con los mismos pibes con que había visto el último mundial de Sudáfrica. También estaba Alberto, el padre de Mauro, un sesentón enorme y ancho de ojos bíblicos que antes de que empezara cada partido se echaba en su sillón individual. Había chupado y fumado tanto en su vida que ahora, que ya no lo dejaba la salud, no le quedaba otra que vernos chupar y fumar a nosotros. En el comedor había botellas de cervezas vacías tiradas por todas partes y una niebla de tabaco que si uno levantaba una mano casi que la podía empujar.

Antes de que empezara el partido comenté en voz alta mi empresa.

Si ganaba Argentina, ganaba veinte dólares. Si empatábamos o perdíamos, se me iban cien.

No aclaré que eran los últimos.

—Estás loco  —dijo uno. 

—Na. Ganamos seguro —dijo otro.

Y el tercero:

—Hiciste bien.

Pero, a los pocos minutos de que arrancara el partido, ya no me sentía tan seguro de haber hecho bien. Un iraní macizo de apellido viscoso le dio a Di María una patada en la tibia que sonó en el comedor de la casa de Mauro como un ruido ambiental más. La voracidad y la fricción iraníes fueron ganando en intensidad y confianza a medida que crecían los minutos del partido y la debilidad argentina. De vez en cuando Silvia, la madre de Mauro, salía de la pieza adonde el hijo la había mandado y se frenaba en el comedor. Era entrerriana y cada vez que los iraníes pegaban o se acercaban a nuestra área soltaba un gemido afligido, como un chapucay triste y bajo.

—Má —le gritaba Mauro sin dejar de mirar el televisor—. Andate. 

A nosotros nos gusta ver los partidos callados. Siempre fuimos así. El partido de un lado y nosotros del otro, soltando comentarios o ruidos guturales solamente de vez en cuando. Más todavía si se trata de mundial. Durante un mundial, el fútbol late adentro de la cabeza las veinticuatro horas del día, como una bomba en cuenta regresiva. Y hay un momento, íntimo y fugaz, en el que cada uno desde su mambo toma consciencia de que no es solamente fútbol lo que está en juego, sino algo más grande, demasiado grande como para que entre en uno; más bien es como una energía sagrada, atemporal, desparramada en el aire, que cruza las pantallas y las redes y que conecta a las millones y millones de cabezas que a todo lo largo y ancho del mundo ahora están mirando lo mismo; un rito universal, ya asentado en la Historia, que no va a cambiar nada pero que al mismo tiempo a nadie le importa que no cambie nada. Es como si la humanidad fuera un nene encerrado en el marco panóptico de un aula y cada cuatro años se le concediera un mes, uno solo, de recreo. Entonces emociones fuertes. Pertenencias. Razas. Naciones. Historias. Historias atrás de esas razas y de esas naciones que se quieren mostrar, imponer, canalizar. La guerra sublimada sobre la verde cabellera de todas las tumbas. Una ficción surrealista en vivo y en directo para todo el planeta. La batalla real de los grandes dioses posmodernos. La novel religión de las masas. Carne y sangre de un juego destinado a perdurar por los siglos de los siglos. 

Yo tendría que haberlo previsto. Tendría que haber analizado todo más en frío antes de poner tanta guita en juego. Cuando los jugadores iraníes salieron a la cancha me acuerdo de que sonreí por el look que tenían, adecuado al estándar estético del futbolista de tipo europeo, moldeado por la figura de Cristiano Ronaldo y su entorno publicitario: todos de gimanasio, anabólicos, divinos, con peinados de estilista.

Con soberbia argento me acuerdo de que sonreí.

Y los tipos eran técnicamente inferiores, sí, varios una madera; pero lo compensaban con un despliegue físico agobiante y por sobre todo con una entereza mental que no se permitía distracciones. Jugaban inflados por la gravitación de un espíritu que ya no tenía nada que ver con el fútbol, y que parecía más bien nacido de las largas generaciones de hombres taciturnos que reverberaban en su sangre. El choque era casi abusivo: los hijos del imperio Persa, una raza milenaria, sólida y prístina, frente al infantil y enclenque mestizaje argentino.

Cuando terminó el primer tiempo estaba claro para todos que al partido psicológicamente lo gobernaba Irán.

100 dólares.

¿Quién carajo me mandó a apostar?

Antes de que arrancara el segundo tiempo mis expectativas se renovaron. Bueno, pensé, capaz en el vestuario Sabella les dijo a los jugadores algo conmovedor. O capaz los jugadores mismos se dieron cuenta: Puta. Somos Argentina. Somos fútbol. Nacemos, crecemos, sufrimos y morimos rodeados de fútbol. En todas las fábricas y en todas las oficinas y en las aulas y en las plazas hay fútbol. Pibes de seis años pateando en un descampado sin luces un atardecer frío de lluvia. 

Nuestra Historia. Nuestra cultura. Nuestra identidad.

Y por un largo trecho se la notó, a la identidad argentina, luchando mano a mano contra la iraní. Se vio el tumulto y el individualismo, pero sobre todo las ganas, el hambre de latir hacia adelante. Laterales plantados en campo rival, desbordes, centros, paredes, diagonales, gambetas; clásicos volantes por izquierda y derecha tratando, a la manera de alfiles, de hurgar el perímetro. Pero nada. Los tipos rechazaban todo. Poco a poco el impulso se volvió un desorden sin claridad ni energías ni esperanzas.

Messi había vuelto a la paja.   

Fue el "chiquito” Romero hacia el final el que durante los largos minutos de desamparo del equipo terminó salvando dos y hasta tres veces lo que hubiera podido ser un vergonzoso gol de Irán. Más cuando la multitud superficialmente amable pero esencialmente ladina de los brasileros que poblaba en grandes cantidades las plateas del Mineirão abandonó su felina cautela inicial para empezar, a medida que se consolidaba el empate, a medida que parecía que ningún argentino iba a hacer un gol jamás, a mofarse de los hinchas nacionales.

Cada vez que los iraníes rebotaban un centro se escuchaba el vitoreo de los brazucas. Cada vez que un argentino erraba un pase los abucheos caían como continentes brumosos en el audio satelital. “Irán, Irán”, coreaban los hijos de puta. No estaba en la cancha, pero así y todo en ese sillón, tomando birra a lo evangelista, escuchando el bardo de nuestros enemigos naturales, me sentía adentro de una pesadilla.

100 dólares.

Treinta minutos del segundo tiempo. Irán enfrente, con serias posibilidades de ganar en contraataque. Brasil miraba. Europa miraba. El mundo entero (sea lo que fuere que esa abstracción signifique) miraba.

100 dólares.

¿Ese empate asqueroso me manchaba a mí? ¿También sobre mi persona caía esa violenta cagada de paloma? 

100.

A los treinta y cinco minutos, aprovechando una falta en campo nuestro, me levanté apurado y fui al baño. Dibujé eles en el inodoro. Eran casi las tres de la tarde. Había desayunado cerveza y todavía no tenía un pedazo de pan en el estómago. Cuando apreté el botón sentí que lo que se iba por el desagüe era mi vida. Chau ahorros. Chau Messi. Chau fútbol. Chau.

Miré mis ojos torcidos en el espejo, con la cabeza dando vueltas:

—Tu culpa.

Cuando volví a sentarme ya casi era el minuto cuarenta. Había estado en el baño más tiempo del que había creído. Prendí un pucho. De ahí en adelante dejé de ver jugadores. Dejé de ver fútbol. Empecé a sentirme bien, muy bien, devastado por uno de esos momentos de lucidez metafísica que solamente se alcanzan en los apogeos de la borrachera. También dejaron de estar al lado mis amigos y Alberto. Eran sombras, nada más, animales vestidos que respiraban a mi alrededor, mirando como embobados esa tarde de ese sábado de ese año perdido en la inmensidad de la muerte una lámpara inmensa y plana de colores que brillaba apoyada contra una pared del comedor.

En ese estado miré a Zavaleta sacar el lateral. Miré a Lavezzi bordeando el área. Miré a Messi agarrando la pelota, cerrándose hacia el centro, buscando el claro hacia el arco. Miré cómo le daba con la zurda. Un golpe combado, exquisito. Miré cómo la pelota golpeaba la red.

Miré todo eso sin verlo. Pero cuando la pelota entró, y el relator en la tele y los pibes al lado y Alberto en su sillón empezaron a gritar, lo vi. Por una fracción de segundo lo vi todo.

Vi las manos de Mariel, cebando el mate a la tarde, cuando volvía a casa después de trabajar. Vi su espalda, envuelta en una toalla, los hombros salpicados de gotas de la ducha. Vi sus labios de perfil, sus ojos cerrándose de a poco, mientras el día en la ventana se apagaba despacio.

Entonces sentí como si adentro mío hubiera una explosión. Algo que caía en cascada desde mi cabeza y rebotaba en mi estómago, y después, desde ahí, empujado por la explosión, llegaba a mis amígdalas.

—Gol.

Mientras los pibes saltaban, empujándose entre ellos, empujándome a mí; mientras Alberto también gritaba, echado en el sillón; mientras Silvia entraba al comedor, arrastrada por el magnetismo de nuestra euforia; mientras todo eso pasaba, yo me acerqué a la tele gigante en HD y con un índice casi apoyado en la pantalla apunté al tipo que del otro lado del vidrio, tranquilo, como si solamente fichara después de haber cumplido con la jornada laboral, trotaba atrás del arco, asumiendo la titularidad de su gol.

—Sos Dios —empecé a gritarle—. Hijo de puta. Sos Dios.

Se lo grité tantas veces que hubo un momento en que me quedé gritando solo, repitiendo las mismas palabras como un autómata.  

—Sos Dios. Hijo de puta. Sos Dios.

Y enseguida saqué el celular.

Cuando al otro día me desperté, después de un sábado entero con la tele mental apagada, los remordimientos del borracho me apabullaron como un balde lleno de piedras. Tenía varios mensajes en el Whatsapp. Los pibes se reían. Les comentaban a otros cómo yo había gritado, lo doblado que estaba; cómo le había empezado a gritar a Messi apuntando el televisor, puteando como un drogui, adelante de los padres de Mauro. Leí los mensajes con un humor famélico, drenado por la penumbra árida de la resaca. Aunque la selección había ganado, aunque Messi lo había vuelto a hacer y mis ahorros se habían salvado, no podía sacarme de la boca un regusto agrio.

Hasta que a las seis de la tarde el celular vibró en mi mesita de luz. Yo me estaba echando una siesta encerrado en la oscuridad vaporosa de la pieza, con las persianas bajas. Pero cuando leí el mensaje fue como si ahí adentro explotara el sol y las ventanas se abrieran y un viento fresco de mar revolviera el ámbito. 

Era Mariel, respondiéndome el mensaje que yo le había escrito el día anterior, en la casa de Mauro, pocos minutos después de que Messi hiciera el gol.

Su respuesta me cambió la tarde, la noche que le seguía a la tarde, los días, la semana, la vida.

"Yo también", decía.